Construida entre 1769 y 1778 bajo la orden de Carlos III para conmemorar su llegada a Madrid como monarca, la puerta de Alcalá es uno de los símbolos que más fama y renombre ha adquirido con el paso del tiempo.

Atrás quedó su función como barrera de entrada y punto de registro para cobrar impuestos en la parte oriental de la muralla que rodeaba la urbe por aquel entonces, pasando a ser un distinguido monumento después de quedar aislada en el interior de una plaza (Plaza de la Independencia) que hoy es una rotonda habilitada para el tráfico.

Pero la Puerta de Alcalá no solo es una puerta cuya significación se reduce al ámbito nacional, también es el primer Arco del Triunfo de Europa construido después de la caída del Imperio Romano. Después de más de dos siglos y 5 restauraciones la Puerta de Alcalá sigue siendo parte viva del patrimonio cultural y colectivo de la ciudad.