Entre las calles Alcalá, Alfonso XII, Serrano y Salustiano Olózaga. Plaza diseñada en torno a la Puerta de Alcalá, en 1869. En ella estuvo la primitiva plaza de toros, construida en 1749, y en la que Francisco de Goya presenció, el 11 de mayo de 1801, la muerte del torero Pepe-Hillo. Esquina con la calle de Serrano estuvo el hotel de la viuda de Prim, casa en la que vivió Francisco Silvela. Frontero, en la otra esquina, estuvo el palacio de la condesa de Santiago de Cuba. Ambos fueron derribados para hacer la plaza que vio partir al general Ricardos hacia la guerra del Rosellón; de ella salió Richard una tarde para atentar contra Fernando VII; en ella fue recibido en 1872 el rey Amadeo de Saboya y se despidió el duelo por la muerte de Pérez Galdós, y allí fue asesinado, el 8 de marzo de 1921, el presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, cuando volvía del Senado en su coche y fue tiroteado desde una motocicleta. Recientemente ha sido sometida a una reforma viaria.

En la esquina con la calle de Salustiano Olózaga, se encuentra el Palacio de Taramena, actualmente una de las sedes de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid. Fue remodelado y se le dio más altura en 1949 por el arquitecto Pascual Bravo. Precisamente en el número 4 de Salustiano Olózaga, el arquitecto Carlos Velasco proyectó en 1878 el “Teatro Recoletos”, de madera, portátil, solo para verano.

En el número 1 de esta calle estuvo un establecimiento de baños y aguas sulfhídricas y sulfurosas, creado por el doctor José de Olavide y Malo en 1890, y que contaba con sala de bebidas, sala de inhalaciones y pulverizaciones, cámara especial para estufa de vapor, un “vaporium”, baños generales e individuales, sala de irrigación, duchas e instalaciones de electroterapia. La sala más curiosa era el “vaporium”, un gabinete de cristal cerrado herméticamente, con una roca artificial de la que manaba una cascada que desprendía gas sulfhídrico nitrogenado mezclado con vapor de agua. En el número 8 tuvo su sede el Consejo Superior Bancario.

La actual plaza se debe a una idea de Ángel Fernández de los Ríos, siendo concejal del Ayuntamiento de Madrid el célebre escritor, en 1869.